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Revista Megatrade

Nota del editor

Como esas frases que se toman al azar, Thomas Jefferson, registró aquella que dice “Me gustan más los sueños del futuro que la historia del pasado”, que podría bien aplicarse en estas tierras, especialmente para una administración que más allá de que la pandemia le pegó duro, tiene mucho por recorrer. Sin embargo, esos sueños que pueden implicar acoplarse al mundo que "sigue andando", especialmente si se ven las nuevas tecnologías que son creadas por otros gracias en buena parte a la inversión en educación, aquí se vuelcan en recetas repetidas desde hace décadas hasta el hartazgo. Claro: la “audiencia” se renueva y si se cansó de escucharlas, dedíquese a ver algún programa de cocina, que hay tantos…
En estas páginas vemos las quejas de los importadores – bueno cuando no se quejan- identificados como los malos de la película. Queda políticamente correcto repelerlas; pero incluso el propio presidente de la Nación en la presentación de una “industria nacional” de línea blanca reconoció que la mitad de sus insumos son importados. Nos quedamos con la "argentina industrial" de los ´60 que nos contaron. Cuando se ven buses, camiones o taxis autónomos en China hasta robótica que permite hacer en forma remota una cirugía a distancia desde New York a una persona que está en Beijing; es fácil hacer la pregunta: ¿porqué no podemos hacerlo aquí?. Más allá del lío con gremios de taxistas y camioneros que pararían la ciudad de Buenos aires - foco de todo el mal argentino-, algunos se preguntan porqué concentrarnos en ser el “supermercado de los cerdos del mundo”.Pero queremos colocar satélites y reactores con la plata del Estado y al mismo tiempo hundir a la principal actividad competitiva de los últimos años: la agroindustria. Las comparaciones son odiosas, nos podemos babear al recorrer una ciudad china por su tecnología como si fueran a vendernos espejitos de colores o lo mismo podemos hacer con Doha, que pasó de ser una aldea de pescadores en el desierto a un monumento al real estate pero para pocos, y con una cantidad enorme de mano de obra asiática de bajos ingresos en un país con otras reglas alejadas de la democracia occidental.
La solución argentina está aquí, aunque nos pese. Podemos agregar valor a los alimentos – que ya tienen- e invertir en ciencia y tecnología y vender reactores. Claro que no se puede vivir años en la "emergencia" del dólar.La incertidumbre política y económica viene mucho antes de la Pandemia. Querer salir con las mismas recetas, quizá sólo convierta los sueños, en añorar lo que -a estas alturas- quizá nunca jamás sucedió.

Dario Kogan

#EDITORAL

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